La crisis del coronavirus ha provocado, entre otras cosas, una necesidad urgente de desinfección con ozono a gran escala. Lugares como peluquerías, restaurantes, clínicas, hospitales e, incluso, las sillas y las mesas de las terrazas en las que actualmente podemos pasar algunas horas de ocio, son desinfectadas con esta sustancia gaseosa que puede aplicarse tanto en el agua como en el aire. Mediante máquinas especializadas, el oxígeno se convierte en ozono a través de una reacción química generada mediante electricidad.

¿Qué es exactamente el ozono y cómo funciona?

El ozono es una molécula que se compone de 3 átomos de oxígeno. La disociación de los átomos que componen el oxígeno favorece la colisión entre sí y, como consecuencia, se genera el ozono.

Es normal asociar este término con la capa de ozono, ya que está presente en distintas capas de la atmósfera (la troposfera tiene un 10 % de este gas y la estratosfera un 90 %, por eso, a esta última se le denomina "capa de ozono"). Esta sustancia se caracteriza por poseer propiedades desinfectantes y, por lo tanto, por poder eliminar agentes contaminantes. Así, la capa de ozono de nuestra atmósfera es de suma importancia. Pero ¿qué relación tiene esta sustancia con el COVID-19?

El ozono presenta una gran eficacia a la hora de desinfectar virus, hongos, bacterias y protozoos gracias a su poder oxidante. En este elemento, al estar compartiendo sus electrones entre tres átomos, en vez de entre dos, la molécula resultante capta electrones de cualquier compuesto que esté próximo y los oxida hasta destruirlos. Esto es precisamente lo que lo convierte en oxidante.

Los cañones de ozono que se están utilizando actualmente para eliminar el coronavirus de cualquier lugar o superficie no pueden utilizarse en presencia de nadie que no esté cualificado para desempeñar este trabajo. Hay que realizar esta tarea con el local o el espacio cerrado al público y con el uso obligatorio de equipos de protección. Tampoco puede usarse el ozono en lugares de paso donde las personas se muevan para entrar o salir de un local, tienda o restaurante.

Lo cierto es que bajo ciertas pautas y recomendaciones, la desinfección de ciertos lugares públicos con ozono es capaz de mantenernos alejados de amenazas como la del COVID-19, además de otros tipos de virus, bacterias u hongos, lo que nos permite disfrutar de un entorno alejado de enfermedades y contagios.

¿Hasta qué punto es seguro el ozono para eliminar los restos del virus?

Afortunadamente, contamos con este material desinfectante en una crisis sanitaria tan grave y complicada, pero hay que resaltar que no todo es positivo en este remedio, ya que el ozono, como cualquier otro agente oxidante, puede llegar a ser dañino si no se hace un uso correcto al aplicarlo tanto en agua como en aire. Si no se manipula como es debido puede llegar a provocar irritación en la piel, dañar a los ojos e, incluso, reaccionar con sustancias inflamables presentes en el lugar o recinto. También se debe ventilar correctamente la zona desinfectada después de la desinfección, pues de lo contrario puede tener efectos nocivos en la salud de las personas.

Además de estas desventajas, el uso de este gas puede llegar a ser contraproducente por los siguientes motivos advertidos por ANECPLA (Asociación Nacional de Empresas de Sanidad Ambiental):

- El ozono puede provocar lesiones en la piel, en lo ojos y problemas respiratorios entre otros daños adversos.

- Utilizar un producto pendiente de evaluación no es lo más adecuado en una situación tan grave como la que nos encontramos, sobre todo conociendo además la eficacia de otros productos que sí han sido probados. Nos encontramos en un momento crítico en el que no nos podemos permitir experimentar.

- Se ha llegado a probar la eficacia de este gas en medios como el agua, pero no tiene por qué reaccionar de la misma manera en el agua y en el aire. El comportamiento puede variar muchísimo.

- El uso de tratamientos como el ozono provoca una falsa sensación de seguridad en las personas. Esto podría provocar que, fruto de la relajación e incumplimiento de ciertos protocolos entre nosotros, aumente el número de contagios en plena desescalada. Este hecho supondría un auténtico caos por el que no es necesario pasar teniendo a nuestra disposición materiales como la lejía de toda la vida.

La conclusión es clara: aunque limpiar con lejía y otros productos probados puede llegar a ser efectivo, lo ideal sería poder desinfectar con ambas alternativas para tener la certeza de que no haya ningún contratiempo. Primero limpieza tradicional y, luego, desinfección con ozono y otros agentes ya probados; es la mejor manera de poder movernos en un entorno sano, libre de virus y, lo más importante, a salvo de efectos secundarios provocados por un mal uso de los recursos experimentales actuales.

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