Las visitas al urólogo son una necesidad que muchas personas, sobre todo hombres, no han acabado de interiorizar. Son necesarias para su salud, pero también para poner solución a problemas de naturaleza sexual que les pueden estar afectando.

Los varones suelen ser más reticentes, por vergüenza y desconocimiento de los peligros para su aparato urinario y reproductor, a llevar a cabo estas visitas. Las mujeres, por su parte, están más acostumbradas a este tipo de citas. No en vano, son frecuentes las que realizan al ginecólogo o para que les hagan ecografías o mamografías como elementos de prevención del cáncer de mama.

Pero, con los hombres, hasta ahora ha sido diferente. Todos conocemos casos de perfiles que, potencialmente, podían tener problemas en su aparato genitourinario y demoraron todo lo posible sus visitas a los urólogos. Tanto fue así que solo decidieron pasarse por su consulta cuando comenzaron a notar síntomas de mal funcionamiento de los órganos de esta parte del cuerpo.

En algunos de ellos, puede ser demasiado tarde para atajar los inconvenientes de salud que hayan surgido, pero nunca estará de más esta visita. Sin embargo, cuando se hacen las cosas bien y se llevan a cabo puntualmente los encuentros, se puede conseguir una detección temprana de los males que nos acucien.

De esta forma, estamos en disposición de actuar con un mayor margen de mejora, por lo que los tratamientos van a ser menos costosos e invasivos y tendrán más posibilidades de resultar efectivos.

La necesidad de revisiones urológicas periódicas

Por otro lado, se detecta en la introducción que somos unos fervientes partidarios de que se proceda con un calendario de revisiones urológicas periódicas. Como hemos relatado, los hombres se han revelado como más remisos a esta clase de consultas.

Siendo francos, a partir de los cincuenta años sería una temeridad no empezar a acudir a los servicios especializados de urología. Son las edades en las que comienzan a darse los principales problemas que tratan estos facultativos.

Pero, si queremos tener todavía una mayor seguridad sobre el estado de los aparatos urinario y reproductor, nos conviene adelantar estas visitas periódicas a la década de nuestros cuarenta. Incluso hay algunos casos en los que estas reuniones, más o menos asiduas, han de ser anticipadas más tiempo. Son los de las personas en cuyas familias ha habido antecedentes de cánceres prostáticos o tumores urinarios.

Pero ¿qué es lo que puede ser chequeado en estas consultas periódicas? Sobre todo se va a comprobar si se dan síntomas de disfunción eréctil, hiperplasia prostática benigna o déficit de testosterona. Son dolencias que, incluso en un estado no muy avanzado, van a revestir una gran gravedad.

Por otro lado, no toda la responsabilidad de estos chequeos ha de recaer en los urólogos. Hemos de interpretar este tipo de atención sanitaria como una especie de trabajo en equipo. En este sentido, no podemos perder de vista los signos de alerta que nos han de estimular a cuidarnos más y acudir a los servicios urológicos.

Entre ellos, destacamos los dolores en el periné y los testículos, la existencia de sangre en el esperma o la orina, las complicaciones para miccionar y las dificultades a la hora de eyacular y para las erecciones. Así como los precedentes familiares de cáncer de próstata suelen concienciar sobre la necesidad de las visitas periódicas, hay otros temas, como los que hemos introducido antes, que suponen verdaderos tabús. En realidad, son cuestiones relevantes de la salud masculina.

Nos referimos, por ejemplo, a la disfunción eréctil. Como tiene mucho que ver con la circulación sanguínea de las zonas erógenas, es importante averiguar si este inconveniente sexual manifiesta también riesgos de padecer diabetes, enfermedades cardiovasculares o el síndrome metabólico.

Por lo que respecta al déficit de testosterona, recordamos que las carencias de energía y libido pueden ser abordadas con ciertas garantías.

Una visita más

Hemos escogido este título para los supuestos en los que se haya detectado alguna incidencia de riesgo oncológico en la próstata. La siguiente revisión va a constar del siguiente programa: un tacto rectal, una exploración urogenital, un análisis de sangre y una ecografía urológica. También se controlará si el consumo de fármacos ha propiciado disfunciones en la orina.

La posterior asiduidad de las revisiones periódicas por los problemas prostáticos tendrá que ver con los valores marcados en las analíticas y los síntomas que se den. En cuanto a estos, remarcamos el incremento de la frecuencia de micción, el flujo entrecortado de la orina, los goteos postmiccionales y los aumentos de tamaño de la próstata.

Solo los urólogos están en condiciones de distinguir una hiperplasia prostática benigna de un cáncer en esta zona. Entre las pruebas complementarias, se revisa la función renal con la creatinina y el marcador PSA de la próstata.

Una ecografía de la vejiga puede servir para detectar divertículos, engrosamientos o síntomas de que se realizaron sobreesfuerzos. La flujometría, por su parte, va a medir en un embudo los mililitros por segundo de la orina.

¿Cómo es la primera visita al urólogo?

El especialista se asegurará de contar con las siguientes informaciones:

1. Estado de salud general, antecedentes familiares y estilo de vida. Se configurará un útil historial clínico.

2. Características de la orina, como su frecuencia y urgencia. Asimismo, enfermedades como la litiasis, la incontinencia y las infecciones. También se tienen en cuenta trastornos como la nocturia, relacionada con los despertares nocturnos para tener que ir a orinar.

3. Un breve repaso de las incidencias de la vida sexual.

4. Exploración física general y concreta en la próstata y los testículos.

5. Análisis de orina y sangre.

6. Si es preciso, se llevan a cabo los test sobre la disfunción eréctil y el déficit de testosterona.

En definitiva, no se debe demorar la visita a la consulta urológica, puesto que un diagnóstico temprano es la clave de un tratamiento eficiente a la hora de curar los problemas de salud prostática.

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